Toda la felicidad que le quedaba

Un escritor y su contexto

Un escritor norteamericano se entera por el periódico, o tal vez fue por la radio, de un horrible asesinato en un pueblito llamado Holcomb, en Kansas. 

Algo en su interior se enciende, es una idea fugaz sobre la historia que necesita para su próxima novela. La radio, o tal vez el periódico, se la han dado en bandeja: el asesinato de los 4 integrantes de la familia Clutter.

Entonces viaja junto a su mejor amiga, que años después será aplaudida y premiada por su novela Matar a un ruiseñor, hasta el poblado de Holcomb, decidido a inaugurar una nueva forma de novela: la no ficción. Está convencido de la novedad que significa escribir una historia real con los mecanismos propios que usan los escritores de ficción.

Una vez en Holcomb el escritor entrevista a los vecinos y amigos de la familia malograda, así como también a los asesinos, que con prontitud fueron ubicados y condenados gracias al proactivo reconocimiento de la culpa que emanaba de sus manos.

Con el material registrado, se refugia en la Costa Brava, en Barcelona, para dar vida a una obra maestra, que vio la luz el año 1966. 

Eso es, en resumen, el origen de una de las novelas norteamericanas más aplaudidas del siglo pasado, escrita por Truman Capote: A sangre fría.  

Lo que producen las novelas memorables

Pasaron más de 10 años desde que la leí, y aunque no me acuerdo de los detalles, sé perfecto de qué trata, y más aún en mi mente veo la misma idea de paisaje que hice al leer, mientras Capote instalaba la casa de los Clutter en mis pensamientos.

La novela se instaló en mi experiencia sobre una emoción. Y es, en primer lugar, esa emoción la que no se olvida más. Luego los detalles asociados.

Impresión, angustia, esperanza.

Por supuesto que recuerdo que el asesinato fue brutal. Que pensé en la estupidez de dos delincuentes, con historias de abandono y abuso, que osan matar a dos adultos y dos niños, en la búsqueda de objetos de valor que nunca existieron.

Pienso que las novelas memorables son precisamente esas que perviven en la mente de los lectores, no por algo específico, sino más bien, por una emoción universal que las historias son capaces de construir en el alma de los lectores.

Para mi, las conversaciones más entretenidas sobre libros y literatura son aquellas en que las ideas y opiniones se atropellan porque hay algo que uno quiere transmitir, y donde las palabras son insuficientes. Requiere del cuerpo, del tono de voz, de una pasión que se despierta con el deseo de querer compartir lo que uno sintió al leer, más que lo que leyó. 

Utilizamos ese contenido, el del libro, para expresar algo más íntimo, que vive solo en el interior indescifrable de cada uno.

Creo que por lo mismo también uno luego dice: “¿te acuerdas de ese libro que le gustó tanto a Pepito?” y al mismo tiempo que uno hace esa pregunta, advierte que no recuerda con precisión de qué se trataba realmente ese libro. 

Truman Capote y la ambición

No es fortuito que vuelva hoy a esta novela, que leí con entusiasmo en agosto de 2015.

Esta semana escuché el último episodio de uno de mis podcast favoritos: Grandes Infelices, un podcast de la editorial española Blackie Books, en el que Javier Peña nos cuenta sobre Truman Capote y su vida, con la historia de A sangre fría como centro de gravedad del episodio.

Hermoso.

El capítulo termina con la siguiente frase sobre Truman Capote: “el precio que pagó fue todo lo que le quedaba de felicidad.”

Y es que Capote siempre quiso ser un autor famoso, escribir la gran novela norteamericana del siglo XX, y sin saber si lo logró realmente, es interesante entender que A sangre fría es mucho más que la novela que contienen las más de 300 páginas, porque para escribirla, publicarla y lograr el desenlace que la misma novela relata, el autor tuvo directa incidencia en el aplazamiento de la sentencia final, pagando abogados de su propio bolsillo para que esto ocurriera. Esto significó que el propio autor se involucró mucho más que literariamente con el caso y los acusados.

Durante la escritura, y luego de su publicación Capote se hundió en el consumo de alcohol y drogas, y terminó su vida en la oscuridad emocional en que estas sustancias lo sumieron.

Por cierto que los libros, y las novelas en particular, tienen lecturas diversas. Entre las muchas que puede tener A sangre fría, creo que estos días he pensado mucho más en la ambición y sus límites. Pienso en los protagonistas de la novela, y pienso también en su autor. Cuando lo que uno busca o anhela, es el único objetivo, se pierden de vista detalles que terminan por degenerar la ambición. 

La impresión que me ha vuelto a producir la historia de – y en torno a-  A sangre fría me llevan, otra vez, a intentar poner en palabras algo que me cuesta ver con la claridad que quisiera: por acercarse al deseo de ser el autor de la gran novela norteamericana, Truman Capote invirtió toda su energía y ánimo en un proyecto que lo llevó a la cima por un lado, y al fondo del abismo por el otro. 

Más de 50 años después todavía conversamos y pensamos sobre él y su novela, aunque él no lo pudo aprovechar ¿Ese es el precio del éxito o de la posteridad? ¿Será que de algún modo el éxito, entendido como aplauso masivo de la audiencia, no tiene más salida que la miseria emocional?

Ni idea.

Aunque tampoco tengo duda de que, a pesar de no tener la respuesta, hacerse la pregunta es siempre útil, para no perder el sentido de realidad.

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